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Uso prolongado de cannabis provoca reducción de materia gris en el cerebro

Redacción:  Eduardo Nolasco 


Nuevas investigaciones revelan que el consumo habitual de cannabis podría estar asociado con una reducción adicional de volumen cerebral en áreas clave para la memoria y la toma de decisiones. Los estudios muestran cambios estructurales comparables a varios años extra de envejecimiento pero también plantean matices, límites metodológicos y posibles factores que influyen más allá del consumo. 

 

El envejecimiento cerebral es un proceso biológico inevitable que hoy entendemos con mayor precisión técnica. De manera natural, el cerebro experimenta una pérdida de volumen de entre el 0.2 % y el 0.5 % anual a partir de la mediana edad, afectando principalmente áreas críticas como el hipocampo y la corteza prefrontal. Sin embargo, investigaciones recientes publicadas en JAMA Psychiatry sugieren que el consumo habitual de cannabis podría actuar como un factor modulador de esta trayectoria estructural. Mediante el uso de morfometría basada en vóxel y resonancias magnéticas, los científicos han detectado que los consumidores habituales presentan una reducción adicional de la sustancia gris en regiones frontales y temporales en comparación con quienes no consumen la sustancia. 


Desde una perspectiva farmacológica, el foco está en el tetrahidrocannabinol (THC), el principal compuesto psicoactivo del cannabis, cuya potencia en el mercado actual ha pasado de un 4 % en los años noventa a niveles superiores al 20 %. El THC interactúa directamente con los receptores CB1 del sistema endocannabinoide, los cuales tienen una alta densidad en las zonas del cerebro responsables de la memoria y las funciones ejecutivas. Esta activación crónica podría influir en la densidad dendrítica o en los procesos de poda sináptica, lo que se traduce en patrones de volumen cerebral que se asemejan a los de individuos con una edad cronológica mayor. En términos cuantitativos, algunos modelos estadísticos estiman que estas diferencias equivalen a varios años adicionales de envejecimiento estructural en regiones específicas del cerebro. 


Es fundamental precisar que, aunque los datos muestran una correlación estadística significativa, el estudio no establece una causalidad directa e inamovible. La estructura cerebral puede verse influenciada por múltiples variables como la dieta, el nivel educativo, el consumo de alcohol o incluso trastornos psiquiátricos previos, factores que los investigadores intentan ajustar mediante modelos multivariantes. Además, la técnica de resonancia magnética estructural mide el volumen macroscópico, pero no alcanza a detectar cambios microestructurales más finos en la mielinización o la densidad sináptica. Esto abre la puerta a matices sobre la reversibilidad de estos cambios, ya que se ha observado que periodos de abstinencia pueden normalizar ciertas funciones cognitivas, aunque los datos sobre la recuperación del volumen físico en adultos mayores siguen siendo menos concluyentes. 


El debate sobre el cannabis no debe simplificarse, especialmente considerando su creciente uso terapéutico para el tratamiento del dolor crónico o la espasticidad. En el ámbito clínico, el balance entre riesgo y beneficio depende de factores como la dosificación y la proporción de compuestos como el CBD, que posee una afinidad distinta por los receptores y podría modular los efectos del THC. En última instancia, la ciencia busca ofrecer información rigurosa para que tanto las decisiones individuales como las regulaciones de salud pública se apoyen en evidencias sólidas. Comprender que el cannabis no es un producto homogéneo y que sus efectos varían según la edad de inicio y la carga acumulada es el paso necesario para gestionar su consumo en una sociedad donde su disponibilidad es cada vez mayor. 

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