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El ritmo que nació en la cocina: calipso y cultura afrodescendiente en Limón

Redacción Carlos Villa 


Un recorrido por el puerto costarricense de Limón para entender cómo la música no es audiencias masivas, industrias desenfrenadas o contar con el mejor equipo audiovisual, basta con la combinación y el intercambio de signos y significancias que doten al mensaje de propósito y sentido.  

Cuando el arte se abre paso a través de una combinación de símbolos, una representación, un verso o una imponente edificación, adquiere diversas interpretaciones y manifestaciones según el contexto cultural bajo el cual se haya creado, cuando el arte abraza y les da significado a las injusticias, a lo que falta visibilizar y lo convierte en algo armonioso y digno de apreciar, ahí comienza la catarsis.  


Fue así como la huella afrocaribeña se fue abriendo paso en Limón, Costa Rica, el calipso; que es resultado de la interacción entre el reggae, el ska y el rocksteady, este género llegó a la isla cuando la comunidad limonense lo apropió para vociferar y amplificar sus mensajes de lucha y resistencia que ha tenido resultados: desde 2012 es Patrimonio Inmaterial de la Humanidad y su día de conmemoración es el 7 de mayo.  


No se podría entender el nacimiento del calipso sin vivir en Limón, cada relación y significancia de los mensajes y sonidos emitidos no los puede replicar ni cualquier instrumento ni en cualquier región, la fuerza principal de su armonía es la interdependencia compartida que existe entre cada uno de sus elementos.  


El más peculiar es uno de los alimentos bases de la cocina afrocaribeña: el coco y su rallador, donde cada utensilio de cocina es capaz de transformarse en un instrumento musical que genere armonía y acompañe cada momento del día como tararear al barrer, cocinar, extraerle su aceite para darle virtudes faciales o simplemente andar. 


El calipso limonense fue visibilizando luchas que se venían peleando silenciosamente durante años, como lo fue la representación de las mujeres en esferas públicas donde ellas fueran las protagonistas, es el caso de la primera mujer que grabó un disco entero de calipso, Stephie Davis, cuenta que, cuando el productor Manuel Monestel le propuso que le diera voz, admitía que “tuve mis dudas, vengo del reggae y el R&B, pero entendí que era una oportunidad para romper estereotipos y retarme como artista” 


Pero cuando Davis se dio cuenta que el reggae y el calipso si bien pueden tener algunas coincidencias y acompañarse en algunas luchas, reflexiona que el género limonense es “contar con humor las historias de la comunidad, las problemáticas, las luchas sociales, es muy del pueblo, por eso la gente se ve reflejada”. 


Para entender la presencia vital de las mujeres al frente de las causas, hay que conocer también la historia de cinco de ellas cuyos esfuerzos lograron llevar al calipso a la Asamblea en 2012 de Costa Rica para proponerla patrimonio inmaterial mediante la Asociación Comité Cívico Cultural Étnico Negro de Limón, fundada en 1999 y que hasta hoy sigue enfocando sus esfuerzos en preservar y difundir la cultura afrodescendiente.  


Haydeé, una de estas cinco protagonistas de la travesía del género para proponerle ante la asamblea costarricense expone la necesidad vital e imprescindible de la música con la cultura afro, “cuando el negro cocina, canta; cuando limpia, canta; cuando alguien se muere, canta…; son como oraciones…” 


Es así como el arte encausa y les otorga un vehículo para amplificar su lucha a aquellos que más quieren ser escuchados, y reivindicar su historia, sus opresiones y sus problemáticas a través de la música; el calipso producido en Limón es uno que difícilmente se puede replicar en algún otro lugar y conserve aquella sazón que lo hace destacar.

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