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El gigante invisible: el clamor de la música jamaicana por un lugar justo en la industria global

A pesar de ser la piedra angular de múltiples géneros modernos, los sonidos de Jamaica enfrentan una falta de reconocimiento histórico y mediático. Hoy, la isla se debate entre la integración en plataformas internacionales o la consolidación de su propia autonomía. 


Redacción: Guicel Garrido 

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La cultura musical jamaicana posee una cualidad casi mística: tiene la capacidad de conectar a personas sin importar su raza, género o nivel socioeconómico. Sin embargo, detrás de los ritmos del Reggae, el Dancehall y el Ska que resuenan en cada rincón del planeta, se esconde una realidad amarga: una profunda falta de reconocimiento internacional y una invisibilidad persistente en los grandes medios de comunicación. 


Un legado de éxitos ignorado 

La historia es clara, aunque a menudo se olvide. Fue el legendario Harry Belafonte, de raíces jamaicanas, quien logró el primer álbum en vender un millón de copias en el mundo. Desde entonces, figuras como Bob Marley y Dennis Brown no solo exportaron música, sino una filosofía de vida. 


Pese a este impacto, la industria actual parece haber relegado estos sonidos a categorías marginales. Fuera de los premios Grammys o los MOBO, los espacios de promoción para el talento jamaicano son escasos. Es una paradoja de la era moderna: la creatividad de la isla nutre constantemente a la industria global, pero sus creadores rara vez ocupan el centro del escenario. 


La brecha de la inclusión 

La crítica apunta directamente a las plataformas de "Black Music". Mientras géneros como el Hip-Hop, el R&B y, más recientemente, el Afrobeats dominan las listas de reproducción y los presupuestos de marketing, géneros fundamentales como el Rocksteady o el Dub son ignorados bajo la etiqueta de "poco comerciales". 


Esta exclusión no solo es una cuestión de visibilidad, sino de justicia creativa. Muchos de los ritmos que hoy se consideran "superventas" tienen su origen en la experimentación y el ingenio de los artistas jamaicanos. La reciente batalla de Verzuz entre Beenie Man y Bounty Killer fue un recordatorio contundente para el mundo: el contenido jamaicano tiene el poder de paralizar internet y atraer audiencias masivas. 


Hacia una soberanía musical 

Ante este panorama, la narrativa está cambiando. La dependencia de las plataformas internacionales empieza a verse no como una meta, sino como una limitación. Con los cambios radicales que vive el consumo digital, surge una alternativa clara: la creación y el fortalecimiento de plataformas propias. 


La industria jamaicana se encuentra en un momento ideal para reclamar su narrativa. Construir ecosistemas de promoción independientes no es solo una opción, sino una necesidad para reflejar su "auténtica realidad" y dejar de ser el invitado secundario en una fiesta que ellos mismos ayudaron a organizar. 

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