Más que música: cómo el reggae se convirtió en la voz de quienes nadie quería escuchar
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Redacción: Grecia Rodríguez
El reggae no surgió de la noche a la mañana. Pasó por el mento, el ska, el rocksteady y el roots reggae antes de convertirse en un fenómeno global. Conoce la evolución completa de uno de los géneros más influyentes de la historia, desde sus orígenes jamaicanos hasta su impacto mundial.

Nadie se sentó un día a diseñar el reggae. No hubo una reunión, ni un plan, ni un productor con visión de futuro que dijera: “vamos a crear un género que cambie el mundo”. Lo que hubo fue gente de bajos recursos en una isla pequeña, mucho calor, altavoces enormes en medio de la calle y la necesidad urgente de decir algo que las palabras no alcanzaban a explicar.
Jamaica en los años cincuenta no era exactamente el paraíso que aparece en los folletos de turismo. Era una isla que todavía cargaba el peso de siglos de colonialismo, con barrios en Kingston donde vivir bien era un lujo. En ese contexto, la música no era un lujo: era casi una necesidad biológica. Primero fue el mento, esa mezcla de ritmos africanos con instrumentos que llegaron de Europa, cantados con humor y con fuerza. La gente bailaba, pero también escuchaba las letras.
Después llegaron los discos de Estados Unidos: el R&B, el jazz, el swing. Pero los jamaicanos no copiaron nada, sino que crearon algo diferente. El ska fue esa creación gloriosa: rápido, alegre, con metales que sonaban a fiesta y a protesta al mismo tiempo. Los sound systems, esos sistemas de sonido ambulantes que se encontraban en cualquier esquina fueron los primeros festivales de la historia, sin presupuesto ni patrocinadores.
El problema era el calor. Bailar ska en pleno verano jamaicano era un martirio. Y así, casi sin querer, el ritmo se fue dando. El rocksteady entró en escena con más calma, con el bajo empujando desde abajo como si viniera del subsuelo, y con voces que por fin tenían espacio para contar algo de verdad. Duró poco, pero dejó huella. El reggae llegó a finales de los sesenta con una personalidad que nadie había visto antes. Ese “one-drop”, ese golpe al tercer tiempo que deja el primero flotando en el aire, era nuevo. Sonaba a algo profundo, casi espiritual. El movimiento rastafari le dio letra, filosofía y dirección. Y Bob Marley le dio rostro al mundo entero.
Lo que vino después, el dancehall, fue más rudo y honesto con su época. Jamaica en los ochenta era otro país, más violento y desencantado. El dancehall no tenía tiempo para metáforas bíblicas: hablaba claro, sobre la calle y sus reglas. Cuando un teclado Casio reemplazó a toda una banda en vivo, la música popular nunca volvió a ser igual, y de ahí el reguetón está más cerca de lo que parece. Hoy el reggae suena en Tokio, en Lagos, en Madrid. Artistas jóvenes como Koffee o Chronixx lo están empujando hacia adelante sin romper nada esencial. Porque lo esencial es simple: es un ritmo que viene de abajo, una voz que tiene algo que decir y gente que necesita escucharlo. Eso nunca va a pasar de moda.



