Las leonas de Pinnacle: El legado oculto y revolucionario de las mujeres rastafaris
- RootsLand

- 15 jul
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Redacción Michelle Velázquez Belmont

A pesar de que el movimiento rastafari suele asociarse con una figura predominantemente masculina, las mujeres y los niños siempre formaron parte de su universo visual. La reciente crisis sanitaria global reavivó el debate internacional sobre cómo validar la influencia femenina en esta espiritualidad panafricana y corregir su exclusión histórica. Centrar la mirada en las jóvenes negras de la Jamaica colonial de los años treinta y cuarenta revela que las pioneras rastafaris desafiaron los límites impuestos por el Imperio Británico.
Ellas establecieron propuestas conceptuales revolucionarias sobre el género y la divinidad femenina, ganando un lugar sagrado dentro del movimiento. Omitir sus aportes intelectuales y prácticos no solo perjudica a las nuevas generaciones de mujeres, sino que perpetúa dinámicas patriarcales opresivas.
El rastafarismo surgió en los años treinta para devolver la dignidad y divinidad a la población afrodescendiente en Jamaica. La primera comuna, llamada Pinnacle, fue fundada en Sligoville por Leonard y Tyneth Howell, llegando a albergar a unas dos mil personas en la década siguiente. Este proyecto de autonomía provocó una dura persecución política y económica. Desde la cárcel, Howell publicó La llave prometida, donde definió al movimiento como un espacio místico de sanación colectiva llamado Balm Yard, liderado por hombres y mujeres consagrados. Pensar en los cuerpos negros como templos sagrados capaces de autosanarse supuso una insurrección ideológica frente al extractivismo y la supremacía blanca colonial.
Dentro de este nuevo orden, las mujeres rastafaris no solo confrontaron el racismo sistémico, sino también la misoginia interna. Crearon un estilo de vida decolonial que abarcó desde el lenguaje y la alimentación hasta la estética y el rechazo al sexismo. El Balm Yard operó como un refugio de resistencia y sanación metafísica donde se dignificó la feminidad negra y la libertad africana, alejándose del individualismo moderno para abrazar la tradición ritual comunitaria.
Históricamente, figuras como Miriam Lennox moldearon la teología rastafari al interpretar la divinidad de la emperatriz Menen Asfaw junto a Haile Selassie, proponiendo una equidad de género indispensable para resistir la opresión. Lennox se nutrió de la estructura matrifocal de Pinnacle y del ejemplo de autosuficiencia de su madre, evidenciando un compromiso intergeneracional con el empoderamiento femenino.
Frente a la escasez de archivos escritos, la historia oral rescata estas vivencias del olvido. Testimonios de ancianas como Mama Irone revelan que las mujeres sostuvieron las actividades cotidianas de la comuna mediante la agricultura, la confección, la construcción y la educación, mientras los líderes masculinos sufrían el acoso policial. Aunque el Estado destruyó Pinnacle en sucesivas redadas violentas, obligándolas a migrar a zonas vulnerables de Kingston, estas mujeres mantuvieron vivo el bastión de la resistencia.
Lennox e Irone ejemplifican cómo la identidad rastafari sirvió para romper mandatos sociales y trazar caminos de autorrealización. Esta herencia conecta con el espíritu rebelde cimarrón, donde la mujer rastafari es vista como una "leona" frente al sistema opresor. El reconocimiento académico reciente de las mujeres howelitas debe trascender el mero discurso; exige reparaciones materiales y epistémicas urgentes que aseguren el bienestar de las ancianas, erradiquen la violencia de género y asuman a las mujeres como aliadas fundamentales en la transformación revolucionaria.



