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Festival Diamba: El renacer del cannabis entre la historia y la cultura popular del nordeste brasileño

Redacción: Michelle Velázquez Belmont 


Todo sobre el festival Diamba: El evento que une cultura ancestral, industria y activismo. Conoce el impacto del legado africano en el mercado global actual. 

 

Hay algo en la escena que alcanza para contar la transformación profunda que atraviesa Brasil. En João Pessoa, en el nordeste del país, un convento construido en 1843 recibió el pasado fin de semana a cultivadores, asociaciones de pacientes, músicos, activistas, profesionales de la salud, familias y funcionarios públicos convocados alrededor de una misma palabra: cannabis. La segunda edición del Festival Diamba no fue una rareza aislada, sino una señal de época que inauguró el calendario brasileño de eventos con una mezcla poco habitual de debate público, formación técnica y cultura popular. 


El encuentro tuvo lugar en la Cidade da Imagem, conocida como Conventinho, consolidándose como uno de los espacios más singulares del país por su escala y su tono. Ahí donde durante décadas la marihuana fue reducida casi exclusivamente al expediente policial, Diamba propuso otra fotografía mucho más compleja y vital: una que integra el uso medicinal, la reducción de daños, las religiones de matriz afroindígena, la organización comunitaria y la crianza.  


Brasil ya se ha acostumbrado a esta expansión, superando los doscientos eventos anuales vinculados a la planta, pero este festival destaca por nacer en el nordeste, una región donde la agenda cannábica crece con identidad propia, menos corporativa y más atravesada por el territorio y el asociativismo. 


Bajo el lema de sembrar resistencia, el festival logró reunir a miles de personas con la capacidad de juntar mundos que históricamente estuvieron separados. El programa incluyó desde cursos de cultivo en climas cálidos y talleres de extracciones artesanales hasta charlas sobre el sistema endocannabinoide y la gestión autónoma de la medicación. El cannabis se presentó aquí no como una subcultura cerrada ni como una simple promesa de mercado, sino como un ecosistema vivo que abarca la disputa regulatoria, la salud pública y la experiencia comunitaria. 


Un punto fundamental fue la incorporación de una programación infantil, lo que facilitó la presencia de madres y amplió el perfil del público, permitiendo discutir cómo organizarse política y técnicamente para producir cuidado. Este enfoque es clave en un contexto donde el país ha dado pasos regulatorios recientes hacia el cannabis asociativo, moviendo la discusión de la órbita de la seguridad hacia el terreno de los derechos. João Pessoa, sede de las primeras asociaciones de pacientes fundadas hace más de una década, es el epicentro natural de este movimiento que no nace de la estética de la industria moderna, sino de saberes construidos en quilombos y aldeas indígenas. 


La música funcionó como el lenguaje que unió todas estas dimensiones. La grilla artística, con ritmos que fueron desde el samba-de-coco y el reggae hasta el maracatu y el rap, demostró que la región produce una sonoridad propia para esta discusión sobre raza, memoria y presente. 


Bandas y artistas como Seu Zé Quer Coco, O Cheiro do Queijo y Maracatu Nação Pé de Elefante aportaron una curaduría que trasciende el entretenimiento para hablar de identidad territorial. Diamba resultó ser, en última instancia, un reflejo del Brasil que se organiza: uno donde las asociaciones ganan densidad política y la cultura popular ocupa el centro del escenario. La imagen de un convento del siglo XIX albergando debates sobre marihuana medicinal y resistencia es la síntesis perfecta de un país que reinventa sus tradiciones para construir nuevas formas de libertad. 


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