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El dualismo cultural del cannabis en comunidades otomíes

Redacción: Diego Martínez Trejo 


Un estudio analiza el uso del cannabis sativa entre comunidades otomíes de la sierra de Hidalgo, donde la planta posee un doble significado. Mientras en contextos externos se asocia con consumo recreativo y estigma, en estas comunidades forma parte de prácticas rituales, médicas y espirituales. El análisis aborda este contraste cultural desde una perspectiva antropológica. 

El uso del cannabis dentro de comunidades indígenas en México no puede entenderse desde una sola perspectiva, y en el caso de los otomíes serranos de Hidalgo esa complejidad se vuelve especialmente visible. En estos contextos, el cannabis sativa no solo está asociada a ideas externas que la vinculan con consumo recreativo o estigmas sociales, sino que también forma parte de prácticas rituales, médicas y espirituales profundamente arraigadas en la vida comunitaria. 


Dentro de estas comunidades, la planta es conocida como “Santa Rosa”, un nombre que refleja el respeto y el carácter simbólico que se le atribuye. Su uso no es cotidiano ni abierto, sino que está reservado a especialistas rituales llamados bädi, quienes cumplen la función de mediadores entre el mundo visible y el espiritual. A través de ellos, el cannabis adquiere un sentido completamente distinto al que suele tener fuera de este contexto, ya que no se utiliza como un fin, sino como una herramienta dentro de procesos más amplios. 


En este contexto, el cannabis no es vista como una sustancia recreativa, sino como una herramienta que permite acceder a estados de conciencia específicos, considerados necesarios para interactuar con el mundo espiritual. Durante estos rituales, el cuerpo del especialista se convierte en un medio a través del cual las entidades pueden manifestarse, comunicarse e incluso ofrecer orientación, lo que refuerza el papel central del bädi dentro de estas prácticas. 


Uno de los rituales más representativos es el que se realiza para identificar el origen de enfermedades que no encuentran explicación en términos convencionales. En estas ceremonias, el especialista prepara un espacio con copal, velas y distintas ofrendas, creando un ambiente que favorece la concentración y la conexión espiritual. A partir de ese momento, el uso de la planta forma parte de un proceso más amplio que incluye rezos, invocaciones y pausas donde se espera una respuesta que no siempre llega de forma inmediata. 

Durante este estado, el bädi puede percibir imágenes, sensaciones o señales que ayudan a interpretar el origen del malestar, que puede estar relacionado con conflictos emocionales, desequilibrios internos o influencias externas dentro de la comunidad. Una vez identificado el problema, el ritual no termina ahí, ya que suele derivar en una serie de indicaciones que pueden incluir limpias, nuevas ofrendas o ajustes en la vida cotidiana de la persona afectada. 

Además de estos rituales de sanación, el cannabis también se utiliza en ceremonias orientadas a la toma de decisiones. En estos casos, el objetivo es obtener claridad frente a situaciones complejas, por lo que el resultado no se mide en términos materiales, sino en la orientación que se obtiene. La recompensa, en ese sentido, es simbólica, ya que permite reorganizar la experiencia personal y encontrar respuestas dentro de un marco cultural propio. 


Este tipo de prácticas deja claro que el cannabis no puede analizarse de forma aislada, ya que su significado está profundamente ligado al sistema de creencias en el que se inserta. Su valor no radica únicamente en sus efectos, sino en el papel que cumple dentro de una red de significados donde lo espiritual, lo social y lo médico se entrelazan. 


Sin embargo, este uso convive con una percepción externa que ha cargado a la planta de connotaciones negativas, generando un contraste constante entre lo que representa dentro de la comunidad y lo que se dice de ella fuera de ese entorno. Este dualismo refleja tensiones entre distintas formas de conocimiento, donde una misma planta puede ser interpretada de maneras completamente opuestas. 


Lejos de ser una contradicción, esta coexistencia muestra la riqueza de las prácticas culturales y la forma en que los significados se construyen a partir del contexto. En el caso de los otomíes serranos de Hidalgo, el cannabis habita dos dimensiones al mismo tiempo, una ligada a la tradición y otra influida por discursos externos, lo que permite entenderla como un símbolo en constante transformación dentro de la vida social. 

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